dilluns, 12 de novembre de 2012

Recomiendo Joseph Anton. Memorias. De Salman Rushdie

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Cita:
 " << El acto de la emigración - escribió- lo pone en crisis todo en torno al individuo o grupo que emigra, todo en torno a la identidad y la individualidad y la cultura y la fe. Así que si esto es una novela sobre la emigración, debe equivaler a ese acto de poner en cuestión. Debe llevar a cabo la crisis que describe.>> Escribió: <<¿Cómo entra lo novedoso en el mundo?>>.
Y escribió: <<Los versos satánicos>>.
"

Entrevista a Salman Rushdie
http://lalineadefuego.info/2012/09/30/salman-rushdie-si-tuviera-que-volver-a-hacerlo-me-negaria-a-esconderme-diria-me-voy-a-casa-protejanme/

El Cultural.es <www.elcultural.es>
El 18 de septiembre Salman Rushdie lanzó en todo el mundo ‘Joseph Anton’ (Mondadori), un libro de memorias sobre los aproximadamente diez años que el autor pasó escondido, bajo protección policial, después de que Jomeini exigiese su muerte en 1989 porque su novela ‘Los versos satánicos’ fue considerada ofensiva para el islam. La fatwa fue revocada en 1998 y desde que se trasladó a Nueva York en 2000, Rushdie se ha convertido en un hombre con una gran vida social, amante de las fiestas.

En relación con la noticia reciente de que una fundación religiosa ha renovado la fatwa, escribía en un correo electrónico: “No me siento inclinado a magnificar este feo titular sensacionalista prestándole demasiada atención”. El mes pasado, antes de embarcarse en una gira de tres meses para promocionar tanto el nuevo libro como la próxima versión cinematográfica de su novela de 1981, Hijos de la medianoche, hablaba sobre Joseph Anton durante un almuerzo en un restaurante de la periferia del centro de Nueva York.
Pregunta. Todo esto pasó hace mucho tiempo. ¿Qué le ha hecho decidirse a escribir sobre ello tantos años después?
Respuesta. Fue en gran medida una cuestión de instinto. Durante mucho tiempo, no quise escribir este libro. Pensaba que sería muy triste tener que volver a introducirme emocionalmente en esa época y sumergirme en ella. Pero siempre supe que tendría que hacerlo. Pensé que el peso de los acontecimientos, su velocidad, la complejidad de lo que estaba pasando eran tan grandes que, aun teniendo la mejor memoria del mundo, no habría manera de recordarlo con detalle.
P. ¿Por qué la tercera persona?
R. Siempre había pensado que no quería que esto fuese un diario, ni una confesión, ni una perorata. No quiero que sea un libro de venganza, un libro de ajuste de cuentas. Sabía muchas cosas que no quería que fuese, pero no sabía lo que sí quería que fuese. Cada vez que lo intentaba, no funcionaba y lo dejaba a un lado. Y luego me di cuenta de que una de las cosas que realmente no me gustaban era la primera persona, ese interminable “yo”, las cosas que me pasaban a “mí” y “yo sentía” y “yo hacía” y “me preocupaban”. Simplemente, era algo absurdamente narcisista. Así que, en un momento determinado, pensé: “Vamos a ver qué pasa si lo escribo como una novela, en tercera persona”. Y, en el momento en que empecé a hacerlo, fue como el “ábrete sésamo” que me dio el libro.
P. Este recurso hace que, a veces, el libro se lea como una novela o, como usted mismo dice en él, como una novela mala de Rushdie, llena de melodrama y cosas surrealistas.
R. Una de las formas en que yo lo expresaba para mí mismo era diciendo que la imagen que yo tenía del mundo se había roto. Y entonces, de repente, se volvió
muy difícil saber qué forma tenía el mundo y dónde me encontraba yo y cómo debía actuar. Todas esas decisiones que tomamos, y de repente, yo no sabía nada. Otra palabra para definir eso es locura. Estoy convencido de que hubo un periodo en el que mi cordura estuvo bajo una intensa presión y yo no sabía lo que decir o de qué modo actuar. Estaba, literalmente, viviendo el día a día.
P. Si Joseph Anton es como una novela, no es simplemente una historia kafkiana sobre un tipo obligado a ocultarse. También es una especie de tragicomedia marital, sobre un tipo un poco desafortunado como marido y amante. Entra usted en muchos detalles, especialmente sobre su relación con Marianne Wiggins, con la que se muestra bastante duro. A la gente le puede parecer que algunos de esos detalles son innecesarios.


R. ¿Qué es innecesario? Tengo una opinión similar a la de Rousseau en cuanto a que si uno va a escribir un libro como este, debe ser tan sincero como pueda. Pero he intentado ser justo. En el caso de Elizabeth, ella ha leído el libro y ha dicho que estaba bien. En el de Padma, le he contado todo lo que contiene sobre ella. Hay una cosa que me pidió que quitase, y la quité. Y así sucesivamente. A Marianne no se lo he enseñado.
P. El libro tiene un propósito mayor. ¿Está pensado para documentar algo importante?
R. Yo me encontré atrapado en lo que podríamos llamar un acontecimiento histórico mundial. Se podría decir que es un gran acontecimiento político e intelectual de nuestra época, incluso un acontecimiento moral. No la fatwa, sino la batalla contra el islam radical, de la que esto fue una escaramuza. Ha habido argumentos defendidos incluso por personas de mentalidad liberal que a mí me parecen muy peligrosos y que son esencialmente argumentos culturales relativistas: tenemos que dejarles hacer lo que quieran porque es su cultura. Yo opino que no. La mutilación genital femenina, eso es malo. Matar a otras personas porque a uno no le gustan sus ideas, es malo. Hemos de ser capaces de tener un sentido del bien y del mal que no se vea diluido por esta clase de argumentación relativista. Y si no podemos, realmente hemos dejado de vivir en un universo moral.
P. ¿Cuánto tiempo tardó en escribir el libro?
R. Dos años y medio. Y dado que tiene unas 600 páginas, eso es rápido para mí. Pero un libro como este se escribe un poco más deprisa porque uno sabe lo que pasó. Una de las cosas que tuve muy claras desde el principio fue que yo sabía lo que iba a abarcar. Sabía cuál era la primera escena y cuál era la última: yo saliendo literalmente al exterior y llamando un taxi, el regreso a la vida corriente y banal.
P. ¿Piensa que lo que le sucedió ha cambiado algo?
R. Hay algunos musulmanes británicos que ahora dicen: “Pensamos que nos equivocamos”. Algunos por motivos tácticos, pero otros usan el argumento de la libertad de expresión: “Si queremos decir lo que queramos, a él se le debe permitir decir lo que quiera”. Así que pienso que un poquito de aprendizaje sí ha habido.
P. ¿Aprendió algo útil en el tiempo que pasó escondido?
R. Aprendí a conducir con técnicas de contravigilancia. Si uno va por una autovía y quiere saber si lo están siguiendo, lo que tienen que hacer es cambiar mucho de velocidad. Se acelera hasta 100 y luego se frena hasta 30 y luego se vuelve a acelerar.
P. ¿Que consejo le daría a alguien que pudiese encontrarse bajo una amenaza similar?
R. Dos consejos, en realidad. Uno tiene que ver con la cabeza y el otro es práctico. Lo relativo a la cabeza es: no hagan concesiones. Se trata de conocernos a nosotros mismos, saber quiénes somos y por qué hicimos lo que hicimos. Defiendan su postura. Lo otro es que, si tuviese que volver a hacerlo, me negaría a esconderme. Diría: “Tengo un hogar, me voy a mi casa. Protéjanme”.

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