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dimarts, 21 d’agost del 2012

Publico este artículo en El Periódico, LOS OTROS MARROQUÍS

La sociedad de Marruecos es heterogénea, y más aún sus ciudadanos que viven en Europa

  Said El Kadaoui, Psicólogo y escritor 

 21/08/2012


Marruecos es un país diverso, heterogéneo, identitariamente complejo, con varios idiomas que coexisten e, incluso, a nivel religioso más heterodoxo de lo que se pretende oficialmente. Sin embargo, lo que es innegable es que hay un Marruecos oficial que trata de imponer una sola manera de ser marroquí, la nacionalista conservadora.
La revista TelQuel ha dado voz desde su aparición en el 2001 a aquel sector de la población que quiere un país laico donde se respeten los derechos humanos, donde impere la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, donde se respete la condición sexual de todos y donde se pueda, en definitiva, opinar libremente sobre todos los temas. Está siendo una muy buena plataforma para poner muchos debates sobre la mesa. He leído excelentes reportajes sobre lo que piensan los marroquís sobre la sexualidad, la sobrevaloración de la virginidad, el rol que debe tener la religión en el país, etcétera. El último que me ha llamado especialmente la atención recogía el testimonio de 13 personas a cara descubierta sobre temas que aún son espinosos en Marruecos. "No me escondo para beber". "Reivindico mi libertad sexual". "No escondo mi homosexualidad". "No cumplo el Ramadán". "Soy ateo". "No quiero esconder mi cuerpo". "Estoy en contra del velo". "Tengo el derecho de abortar si así lo quiero". "He tenido un hijo sin estar casada". "No estoy en contra del Estado de Israel". Estos son algunos de los titulares que se destacan de todo lo que comentan estas 13 personas.
Este marruecos que anhela más libertad, que cuestiona las ortodoxias, que lucha por sus derechos y que se abre al mundo es el que me hace vibrar. Este es un Marruecos tan real como los demás. El conservador, el extremadamente conservador, el pobre y modesto... La oficialidad tapa la complejidad, la quiere anular. Pero no lo consigue. Lo que sí hace es generar sufrimiento en todos aquellos que, como los testigos que cita el reportaje, anhelan vivir sin tener que esconderse. Aquellos que quieren vivir sin hipocresías y falsas apariencias.

La ciudadanía marroquí es heterogénea. Y esta variedad es mayor aún cuando hablamos de los marroquís que viven en Europa, así como de sus hijos. Entre otras cosas, porque ya no son solamente marroquís, especialmente los hijos. Pero el riesgo de que haya una oficialidad (que suele ser siempre religiosa) que intente anular toda esta complejidad y quiera otorgar el carnet de buen marroquí, el riesgo de un repliegue comunitario y de la reducción de toda esta riqueza de pertenencias e ideales es evidente y, de hecho, ya es una realidad que está generando algunos problemas individuales (incluidos los psicológicos) y sociales (encierro en la propia comunidad).
Siempre que puedo me gusta hacer referencia a este Marruecos dinámico y luchador porque sé que puede ser muy útil para algunos jóvenes de aquí y originarios de allí, de Marruecos o, en general, de los países magrebís. Tener ideas e ideales propios no puede ser considerado una traición a la propia cultura. Al contrario, es el estancamiento en unas tradiciones que ya no se corresponden con nuestros tiempos, la ocultación de las voces discrepantes y el encierro en una comunidad empobrecida lo que hace más problemática la vida.
Ahora que acabamos de dejar atrás el mes del Ramadán no está de más recordar lo que dice uno de los testigos del citado reportaje de la revista TelQuel. Ibtissam Betty Lachgar, una mujer de 36 años, aparte de declarar que no practica el ayuno, denuncia el artículo 222 del Código Penal marroquí porque todavía hoy condena a entre uno y seis meses de prisión a toda persona conocida por su pertenencia al islam que incumpla ostentosamente el ayuno en público. Aquí, por supuesto, no hay ninguna ley que condene a un musulmán por no realizar el ayuno, pero sí se dan casos de presiones de grupo y de rechazo de aquellos marroquís que libremente deciden no hacer el Ramadán o que no se sienten concernidos por la religión. Este es un síntoma preocupante de un encierro comunitario que pretende amputar la realidad y convertir la identidad de la gente en un estereotipo.

Nunca está de más recordar que no existe la comunidad marroquí como un ente homogéneo. Lo que sí existen son los marroquís, los catalanomarroquís, los marroquíaragoneses (y tantas variedades como personas; me gusta recordar lo que el profesor Manuel Cruz dice de la identidad de las personas: estamos formados de diferentes piezas y tenemos cierta libertad para disponerlas como nos guste).
Y nunca está de más tampoco recordar que somos muchos los que no queremos vivir aquí las incomodidades que supone tener que esconderse para existir. Somos muchos los que no queremos una oficialidad que dictamine quién es y quién no es buen marroquí. Ni aquí, ni allí.
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divendres, 13 d’abril del 2012

MEZCLÉMONOS, artículo de hoy en El Periódico

La mejora de la convivencia

¡Mezclémonos!

El contacto con los inmigrantes musulmanes nos mostrará más similitudes que diferencias con ellos

Viernes, 13 de abril del 2012  


 

SAID EL KADAOUIEl mundo musulmán ya hace mucho tiempo que está haciendo su particular travesía del desierto. Hace algo más de un año, en Túnez comenzó un cambio que, a mis ojos, ya no tiene freno. La primavera árabe ha hecho emerger a la superficie lo que se cocía en el interior. Una parte de la población musulmana es muy conservadora, otra es conservadora –no puede ser de otra manera en unos países con unos índices de analfabetismo estratosféricos y unos gobiernos que han alimentado la ignorancia y el miedo de los pueblos– y una pequeña parte –pero nada despreciable y cada vez mayor porque son sociedades jóvenes, inquietas y conectadas al mundo– quiere que la religión no sea determinante en sus vidas, un espacio común laico y, sobre todo, la instauración de la democracia en sus países.
 EL PODER, en la mayoría de estos países, ha instrumentalizado la religión, el islam. No parece nada consciente de que la avaricia es uno de los pecados que más condena su religión y se dedica a acumular riqueza para sí y a sojuzgar al resto de la población. Los mismos países que controlan nuestras vidas a través del petróleo y nos quieren hacer creer que son amigos son los principales exportadores de un islam tamizado por el odio y la destrucción. Este islam duro, combativo, fanático, es el camino que algunos jóvenes eligen para dar salida a su odio, su rabia y sus celos. No soportan ser miembros de una comunidad de perdedores. Esta es la cuestión. Es muy difícil sentirse orgulloso de ser musulmán en nuestro tiempo. Ser musulmán significa ser habitante de unos países que no destacan por su cultura y su amor a la ciencia sino por su miseria y por sus gobiernos corruptos, que ponen todos los impedimentos para que la gente pueda tener una vida digna.
 Afortunadamente, allí donde hay gente, hay lucha. Los que conocemos de forma directa algunos de estos países (en mi caso, Marruecos) ya sabíamos que en el fuero interno de estas sociedades hay ansia de cambio. Estos días, el Rif, la zona de Marruecos de donde provengo, ha dejado de ver en la emigración la solución a su falta de oportunidades y de esperanza y, por fin, está reclamando a las autoridades que dejen de pisarla, que ya no soporta más la corrupción endémica ni que su idioma, el amazic, seadespreciado y que quiere un futuro. La gente del Rif ahora ya sabe que buena parte de los emigrantes que marcharon a Europa, por mucho que en verano se presenten con sus mejores galas y coches, viven en guetos y que sus hijos tienen menos oportunidades de progresar que en Marruecos.
 En Europa tenemos un problema con el islam. No queremos aceptar que es la religión y/o una de las culturas de muchos europeos. Ya decía Edward Said en 1981 que es completamente denigrante cómo se ha ido equiparando sistemáticamente el islam al fanatismo y el terrorismo. Se ha contribuido de forma activa a que muchos musulmanes no se sientan cómodos en Europa. La exclusión no explica por sí sola que un joven decida convertirse en un terrorista, pero sí que contribuye a que algunos jóvenes vean en el salafismo (y derivados) una ideología fuerte que puede darles una identidad fuerte.
 ¿Qué hacer? Mi opinión es que el mundo musulmán debe enfrentarse a sus propios monstruos y dejar de señalar a Occidente como la causa del todos sus males. Túnez, Egipto, Yemen, Libia, Siria, Marruecos... han iniciado un camino muy esperanzador (lamentablemente, hay muchas víctimas). En Europa (y en el resto del mundo) nos hace falta una visión más compleja de la identidad de las personas. Ni la identidad ni las culturas son estáticas. Tienen una lógica histórica, admiten los cambios y las contradicciones.

 EN EL CASO de los inmigrantes musulmanes y de sus hijos y nietos es importante tener en cuenta que, como dice la teoría psicológica self dialogic de Hermans, la construcción identitaria está influenciada por relaciones frecuentemente asimétricas entre el país de acogida y el de origen, así como las experiencias de racismo, de discriminación y de othering (ver en el otro la diferencia que lo aleja de nosotros, incluso llegando a exagerarla). Hay que intentar hacer menos perniciosa esta asimetría (dando una visión más compleja de la realidad de los países de origen), luchar contra el racismo, la discriminación y la xenofobia, dejar de estigmatizar al islam y los musulmanes y favorecer el contacto entre las personas para darnos cuenta de que tenemos más similitudes que diferencias.
 En Catalunya me gustaría que personajes como el imán de Terrassa u otro imán que denigre a las mujeres, a los cristianos o a los homosexuales no sean considerados los interlocutores de una comunidad más heterodoxa de lo que se piensa, que nadie se atribuya la representación de esta comunidad, que no todos los musulmanes somos creyentes y devotos y que pasáramos del discurso de que los musulmanes no se mezclan –como dijo Jordi Pujol a Jordi Évole en el avance de la entrevista a La Sexta que publicó el Cuaderno del Domingo – a ver la otra parte de la realidad: la mezcla está aquí. Y lo dice alguien que sabe de lo que habla.

  Psicólogo y escritor
   Link artículo en El Periódico

dilluns, 2 d’abril del 2012

ARTÍCULO DIARIO PÚBLICO: MARRUECOS MON AMOUR

 Aquí tenéis el artículo que publiqué el 24-7-2009 sobre el escritor marroquí Abdellah Taïa:
              
El día 16 de junio, el escritor marroquí afincado en París Abdellah Taïa estuvo en Barcelona presentando la traducción al castellano y al catalán de su libro Une mélancolie arabe.

Unos meses antes, le había mostrado mi admiración y apoyo tras haber leído una carta abierta dirigida a sus hermanos y, especialmente, a su madre (la eterna M’Barka, presente en todos sus escritos) publicada en la revista marroquí Tel quel.

Marruecos, le comenta a su madre, no son los otros, el Gobierno, los religiosos, los mezquinos, los celosos… Marruecos es él y ella. El cambio empieza por ti, le comenta más adelante. Y por ti, por mí, por nosotros, pienso mientras lo leo.

Se lamenta del sufrimiento de su familia y, en un arranque de sinceridad conmovedor, le hace saber que nunca ha pretendido avergonzarla y que lo único que busca es decir la verdad, salir de la sombra y existir. Existir siendo lo que es: una persona inquieta, con proyectos y talento para llevarlos a cabo y no escondiendo su condición de homosexual.

Se lamenta de que mientras el mundo hace autocrítica, se mueve, recibe a Barack Obama con una inmensa esperanza, Marruecos siga con la vieja receta del miedo para impedir cualquier cambio. ¿No merece una verdadera modernidad?, se pregunta, y critica a los inmovilistas que se apropian de la identidad marroquí e impiden cualquier pensamiento crítico.

A su vez, también le hace saber a su entronizada M’Barka que no está solo. Algo ha empezado a moverse. Precisamente de esto habló en su presentación y lo ejemplificó con el hecho de que sus libros también se venden en Marruecos, viaja con frecuencia allí y habla de la misma forma que lo hace en cualquier país europeo: sin embudos. Solamente este hecho, no hubiera sido posible hace diez años, como reconocía él mismo.

Hasta el día de la presentación sólo había hablado alguna vez con él vía e-mail. Al encontrármelo en directo, me llevé la sorpresa de comprobar que su aspecto era más frágil del que había imaginado. Cometí el error de creer que
las personas decididas, en su caso revolucionarias incluso, tenían un aspecto acorde a la fuerza de sus ideas.

Un aspecto frágil, un mundo interno según él mismo refiere caótico y, en cambio, una persona con una determinación admirable.

Su decisión de escribir sin seudónimo le ha valido tanta admiración como desprecio en su querido (y el mío también) Marruecos y un doloroso distanciamiento con su familia.

A mí lo que más me conmueve de sus libros no es tanto las historias de amor homosexual (que son historias de amor a secas unas veces, de sexo y lucha otras y de contradicciones siempre) sino la descripción que siempre hace de ese mundo mágico, fascinante y también perverso, a veces, que habita en el Marruecos tradicional. Es difícil no sentirse agradecido con él cuando se ha conocido ese mundo. Lo describe con tal claridad que uno revive las sensaciones y la magia con que está cargado este Marruecos tan contradictorio como inasequible a la razón.

Abdellah es considerado un peligro por toda la retahíla de pseudo-intelectuales, pseudo-religiosos y pseudo-políticos (de los que hay muchísimos en Marruecos) precisamente por hablar sin ambages de dos temas molestos: la homosexualidad, considerada todavía como una enfermedad por buena parte del país, y el Marruecos profundo.

Él sabe que no es mirando a otra parte como se avanza, sino asumiendo todo aquello que somos.

Abdellah lo muestra con la delicadeza y el amor del que no reniega de nada de lo que es y con la decisión del que quiere cambiar las injusticias. Como le dice a su madre en su carta, no le gustan los enfrentamientos inútiles, pero está a favor de las batallas necesarias. Esta, desde luego, lo es.

Marruecos sigue siendo un país muy conservador, pero también es Abdellah y todos los que como él luchamos (desde el propio país o desde fuera) por la igualdad de los seres humanos y que anhelamos un país realmente democrático.

Querido Abdellah, nous luttons ensemble! (¡luchamos juntos!). 

Clica aquí para leer en EHGAM-DOK 

dimecres, 7 de març del 2012

Identidad de clan frente a ciudadanía

Identidad de clan frente a ciudadanía

La exclusión social de la población foránea llegada a los barrios alimenta su encierro en sí misma

Martes, 17 de enero del 2012
Said El Kadaoui Moussaoui Psicólogo 
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FRANCINA CORTÉS

Edición Impresa

Edición Impresa

17 de enero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El asesinato de Ibrahima Dyey, un senegalés de 31 años originario de Saint Louis, en el barrio del Besòs a manos de un hombre de etnia gitana me cogió leyendo un libro que recomiendo vivamente: Paseos con mi madre, del escritor Javier Pérez Andújar. Una preciosa reflexión sobre el paso del tiempo y la identidad marcada por la periferia. Y un gran homenaje a Sant Adrià de Besòs
Al día siguiente leí en los diarios las declaraciones del alcalde de Barcelona, Xavier Trias, que desvinculaba el crimen de la violencia racista, pero señalaba que se había producido en un lugar conflictivo (el barrio del Besòs), Y las del conseller de Interior, Felip Puig, que a pesar de insistir en que se trataba de un hecho aislado quiso añadir que se trataba de un grave error negar que la diversidad genera conflictos, lo que, a su juicio, se ha hecho a través de una visión que calificó de «buenista». Luego seguí leyendo el libro de Pérez Andújar y me encontré con una afirmación ocurrente que subrayé: «Para ser multicultural basta con ser pobre, porque cada pobre lo es a su manera». Y unas páginas más adelante, en un tono que siempre combina la aflicción, la ironía y la reivindicación, nos permite hacer de flaneurs con él (de hecho, lo maravilloso del libro es que el lector pasea por la vida del autor; mejor, del personaje) y nos habla de la gente que ve. Y en un momento dado se detiene en los pensionistas. «La democracia -dice­- la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. Conseguir un colegio público en un barrio que no lo tenía, la construcción de un ambulatorio donde no llegaban los médicos; dejar una plaza sin edificar para que los niños jueguen. (...) Quienes llegan detrás creen que eso lo pone la naturaleza, como las hierbas y los saltamontes. Pero lo pone la política, y las cosas hay que conquistarlas permanentemente. Lo primero que ha quitado el Gobierno de Convergència al recobrar el poder ha sido eso: bocas de metro, guarderías, maestros y hospitales públicos».
Este artículo no hablará de la responsabilidad individual que, naturalmente, se encuentra en todo acto perpetrado por una persona. De lo que me interesa hablar es de la democracia de la que habla Pérez Andújar y de cómo la exclusión puede generar conflictos graves.
Al conseller Puig no se le escapará el hecho de que en Can Barça la diversidad puede que genere algún conflicto, pero nada que ver con las alegrías que depara. Y que la diversidad de la zona alta de Barcelona, que existe, no genera hechos noticiables. Es decir, que, si entiendo bien al conseller, y copiando a Pérez Andújar, para ser diverso solamente hace falta ser pobre. Estamos hablando, pues, no de diversidad sino de pobreza, marginación y exclusión. Si es así, estoy de acuerdo con el conseller.
Y si hablamos de esto, es necesario que en estos barrios se fomente la ciudadanía activa, la de la democracia real de Pérez Andújar. Que tanto los que ya estaban hace mucho tiempo (como mucha de la población gitana que allí vive) como los más nuevos (como es el caso de los senegaleses, chinos, marroquís, etcétera) luchen por conseguir mejorar su entorno.
La cruda realidad es que no será el poder (que, como un péndulo, se va moviendo entre la beneficencia y el olvido más absoluto) el que arregle nada. Deberá ser la propia gente de los barrios. Los pensionistas tendrán que dar el relevo a una gente joven multicolor que se volverá a encontrar con las mismas dificultades -o si me permiten decir todo lo que pienso, con muchas más- que ellos.
Algunos expertos hablan de una negativización de la propia identidad de las minorías cuando no se permite su inclusión social. Un hecho que, entre otros muchos factores, se debe a la identificación con la imagen denigrada que tiene de ellas la sociedad y que da lugar al reforzamiento de la identidad étnica. Y cuando en estas mismas condiciones de exclusión vive gente de diferentes procedencias, lo que puede pasar es un cierre aún mayor y el reforzamiento de la identidad de clan (similar a la identidad prisión de la que hablaban algunos autores franceses, concepto que, por cierto, acuñaron para describir la realidad de una parte de los inmigrantes españoles, entre otros). Justamente lo que hay que intentar evitar.
Los jóvenes que allí viven tienen dos grandes caminos a seguir: el de la lucha por la democracia o el del encierro en un solo grupo de pertenencia. Es decir, el de la ciudadanía o la identidad de clan.
Y ya que no vivimos, como hace unos años, una época de vacas gordas y somos conscientes de que estamos en épocas de cerrar servicios y de derogar leyes que comprometían inversiones en los barrios, sí podemos exigir algo más de complejidad en el discurso. Especialmente, en el de los políticos. La diversidad genera conflictos, sí, como casi todas las cosas importantes en la vida; los barrios conflictivos existen y los delitos son responsabilidad de la persona que los comete, efectivamente. Tan verdad es eso, sin embargo, como que necesitamos (el poder necesita) construir la figura del otro en la que verter nuestra propia miseria. Y, casualmente, este otro suele vivir en barrios periféricos como el Besòs.