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diumenge, 7 d’abril del 2013

LA POLÍTICA DE LA NEGACIÓN, de Jesús Ferrero en El País

Jesús Ferrero, 6 de abril de 2013

El poder no reprime el sexo y el placer, sino que es el gran incitador y frente a él los asexuales y los anoréxicos representan un movimiento místico que retrotrae a la remota edad de los anacoretas

 

Todavía a finales de los años setenta del siglo pasado los maestros de la escuela de París permanecían cerrilmente empeñados en enjuiciar el poder como una fuente de represión del sexo y el placer y no como una fuente de incitación al sexo y a todos los placeres, perversos o no. Yo abandoné la escuela de París por eso: no estaba de acuerdo en esa visión del poder. Como estudiante de historia y antropología, tenía claro que habían existido formas de poder que en lugar de reprimir los placeres, sexuales o no, incitaban a ellos, y me parecía que en el Occidente moderno estaba ocurriendo lo mismo. Cuando Foucault cambió de enfoque y empezó a aceptar que el poder lejos de prohibir el desahogo pulsional lo estimulaba, para mí ya era demasiado tarde y me había olvidado de la universidad y de sus claustros, que por no protegerte ni siquiera te protegían del asesinato, como había demostrado el desdichado Althusser y su aún más desdichada víctima: su mujer.
Bien es cierto que todavía muchos ingenuos siguen viendo el poder como el eterno represor del sexo y los demás placeres, quizá porque no piensan en el poder romano.
Para ver hasta qué punto el poder en Roma incitó a toda clase de placeres, mórbidos o no, basta con recordar las fiestas de inauguración del Coliseo, con miles y miles de animales sacrificados, cientos de ejecuciones, cientos de representaciones más o menos mitológicas con escenas de bestialismo y zoofilia… Fue la gran bacanal del sexo, la muerte y la sangre, en la que pudieron solazarse los trescientos mil parados que en aquel momento tenía Roma.
Desde los años setenta (en realidad ya antes, si bien no de forma tan insistente) el poder en Occidente ha asumido el papel que tenía en Roma: el de gran incitador, y en modo alguno el de gran represor. Uno de los asuntos más insoportables de la posmodernidad es que todavía existen predicadores que pretenden liberarnos de problemas de los que quizá siempre hemos estados liberados. A este respecto recuerdo lo que me decía mi madre, una mujer de posguerra que se casó embarazada. “¿De modo que piensas que ahora folláis más que antes?”, me preguntaba, y añadía: “¡Que ingenuidad! La humanidad siempre se las ha arreglado para cumplir con su deber fundamental”. Mi madre cree que siempre se ha follado más o menos igual, es una certeza que nunca la ha abandonado, y esa sabiduría tan desmitificadora ha sido muy importante en mi vida, y todos mis acercamientos a la historia y a la antropología han estado presididos por esa verdad heredada de la mujer que me trajo al mundo, y que me ha librado de muchos espejismos acerca de la sexualidad.
 Vivimos sumergidos en un universo lleno de mensajes incitadores sobre el comer y el follar

El poder como incitador y no como represor desarma a los que aún se llenan la boca con conceptos como represión, liberación, derrocamiento de tabúes y necedades por el estilo. Todavía no hace mucho anunciaban en un telediario una obra de teatro en la que, según decía la presentadora, “se ensalzaba un sexo sin tabúes”. Se refería al sexo anal. Vaya memez, ¡como si ahora estuviera prohibida la sodomía y fuese necesario educar a ese respecto al personal!
Vivimos sumergidos en un universo lleno de mensajes incitadores sobre el comer y el follar, el follar y el comer. ¿Cuántos programas gastronómicos hay en la televisión? ¿Y cuántos que tocan de una u otra manera el sexo, sin contar que a partir de una determinada hora todos los canales se vuelven pornográficos, incluidos algunos de inspiración católica?
Ocurre sin embargo que cuando los sistemas se empecinan en repetir siempre los mismos mensajes incitadores, generan asfixia en el cuerpo social, y empiezan a surgir rebeliones y místicas de la negatividad. Los anacoretas del siglo III después de Jesucristo huían al desierto porque rechazaban políticamente la disipación tan publicitada por el sistema romano. Era una opción mística, pero a su manera era también una opción política que consistía en abandonar la polis y todas las incitaciones del poder. San Agustín, que fue de joven amante de los espectáculos circenses y sangrientos, sabía algo de eso.
Creo que es desde ese ángulo desde donde debemos ver el movimiento de los anoréxicos, por un lado, y por otro el movimiento de los nuevos apáticos y negadores del sexo, que se está extendiendo en Japón de forma inquietante pero en modo alguno sorprendente.
En un mundo gobernado por la gula y el placer de comer y defecar, como si fuésemos un tubo más que un organismo, el anoréxico se sitúa como el místico de la privación más radical que cabe imaginar, una privación que ya fue adoptada por los anacoretas del pasado. Ellos eran también claramente negadores de la gula y sentían las mismas sensaciones que los místicos de la privación de ahora: los anoréxicos.

Más allá de que pretendan imitar a las modelos, como creen los habituados al simplismo, los anoréxicos son místicos que rechazan comer, algo tan fundamental como respirar, enfrentándose crudamente a sus padres, que les dieron la vida y los alimentaron. Pero en realidad no hacen nada que no hicieran anacoretas como san Antonio, el de las visiones, el alucinado. Y los místicos de ahora que se privan de comer ya saben también que no alimentarse es exponerse a toda suerte de alucinaciones, algunas muy pavorosas y de una intensidad muy superior a las propiciadas por las drogas.
¿Es la respuesta a tanto exceso gastronómico, a tanto gordo, a tanta grasa, a tanta publicidad, a tanta incitación sistemática? ¿Es también buscar la muerte? Seguramente sí, pero todo nuestro sistema está impregnado de muerte y desesperación.
 Una mística reciente de la privación es la de los negadores del sexo, que en Japón es ya casi una epidemia

Otra mística de la privación, más reciente, es la de los negadores del sexo. Puede que el 5% de la población mundial sea asexuada, como decía en un excelente artículo Rita Abundancia, pero es que en Japón, curiosamente el país más pornográfico y pederasta de la tierra, la asexualidad se está propagando como una epidemia, sobre todo entre los adolescentes. Ocurre además que en muchos casos el desdén por el sexo se conjuga con el desdén por la comida (en un país como Japón con una gastronomía tan cultivada), y se limitan a alimentarse de cereales con leche. Resulta muy sintomática esta tendencia, surgida en el seno de la cultura más cibernética del mundo, en la que todos los individuos viven enganchados a los hilos del sistema, como elementos de una misma máquina bien engrasada y digitalizada, y donde las rebeliones han brillado por su ausencia.
Son nuevos movimientos de anacoretas, que surgen de nuestras sociedades como surgieron en los primeros siglos del cristianismo y por razones muy parecidas. Son nuevas disciplinas de la privación en el interior de sistemas que nos incitan a no privarnos de nada. Toda una mística y toda una política tan explícitas como reales, lo queramos aceptar o no. La humanidad se las arregla para cumplir con sus deberes gastronómicos y sexuales, cierto, pero también para oponerse a ellos cuando se cansa y cuando quiere plantar cara a las órdenes sistemáticas por hartazgo, por asco, por fatiga y desidia. Viendo lo que está pasando uno entiende mejor el mensaje de Sartre: “Estamos condenados a ser libres”, y cuando nos obligan a comer y a follar por sistema, de pronto decidimos no hacerlo, en parte porque no conocemos un infierno más tétrico que la sensación de esclavitud. Los caminos de la rebelión son tan inextricables como los del Innombrable, dirían los dos hombres que esperaban a Godot.
Jamás caeré en la asexualidad y en la anorexia, ni aconsejo caer en ellas, pero entiendo por qué en nuestro tiempo surgen movimientos que nos retrotraen a la remota edad de los anacoretas.
Jesús Ferrero es escritor.

dissabte, 12 de gener del 2013

RECOMIENDO EL ARTÍCULO "LA DESMEMORIA" DE JORDI SOLER

Recomiendo este articulo de Jordi Soler publicado hoy en El País. Una interesante y necesaria reflexión:

La desmemoria

Cuando los españoles se han enriquecido se han olvidado de que en muchas épocas han pertenecido y ahora vuelven a pertenecer a un país de emigración que ha aportado mucho a las sociedades de acogida.

Jordi Soler, 12 de enero de 2012 EL PAÍS, Opinión 

Hace unos cuantos años, muy pocos, el principal miedo de los españoles, dentro de una lista de opciones atroces que incluía, por ejemplo, el terrorismo y el paro, era el miedo al inmigrante.

Era el miedo sintomático de un país rico que veía a los inmigrantes como una amenaza, como una turba de gente necesitada que quería aprovecharse de su riqueza, de sus plazas de trabajo y de sus servicios sociales.
Pero ese miedo al inmigrante, a la gente que tiene que salir de su país para instalarse en otro que le ofrezca mejores oportunidades, era también el miedo de un país desmemoriado, cuya bonanza económica lo había hecho perder de vista uno de sus fundamentos, que es precisamente esa multitud de españoles que, a lo largo de los siglos, exactamente igual que los inmigrantes que vienen aquí, han ido emigrando de este país para instalarse en otro que les ofrezca una vida mejor.
Los emigrantes españoles, desde el primer conquistador hasta el último gachupín, primero a la fuerza y luego en sociedad con los habitantes de aquellas tierras, fueron conformando ese territorio enorme, rico y fecundo que es Latinoamérica. España puso ahí su lengua, su religión y una forma particular, y única, de encarar la vida que se sigue conservando hasta hoy.
Gracias a sus emigrantes, España creció y se multiplicó en aquel continente, y hoy su lengua, el español, tiene una importancia capital en el mundo y una capacidad de expansión, y una influencia, que la hacen cada día más importante. Si no fuera por los países latinoamericanos, España, y el español, tendrían hoy la relevancia mundial que tienen Polonia, y el polaco.
El ensayista mexicano Alfonso Reyes, que fue, entre otros destinos diplomáticos, embajador de México en España, decía, refiriéndose a la evidente e insoslayable relación que hay entre los dos países, que quien no conoce México no conoce bien España, y viceversa.

Una nueva oleada de emigrantes, huyendo de la crisis económica, parte para México
Se refería a la forma en que España, durante quinientos años ha ido diseminándose y creciendo del otro lado del mar, sin dejar de ser ella misma, pero, simultáneamente, reconvertida en otros países.

Escribo esto pensando en la nueva oleada de emigrantes españoles que, huyendo de la interminable crisis económica europea, se están yendo a México a buscarse la vida, y que son un eco de aquella oleada anterior de republicanos españoles que llegaron a aquel país, alrededor de 1939, buscando un empleo, una casa y un futuro, lo mismo que buscan los jóvenes emigrantes de hoy, aunque el origen de una y otra migración sea completamente distinto.
Como la única forma de combatir la desmemoria es haciendo memoria, voy a contar aquí las circunstancias en las que llegaron a México los españoles de la oleada anterior, una historia que conozco perfectamente porque en aquella oleada iban mi madre y mis abuelos. Hablo de oleadas porque estas migraciones tienen un carácter cíclico, como las olas del mar.
En 1939, al terminar la Guerra Civil, más de medio millón de republicanos tuvo que huir a Francia para ponerse a salvo de la represión del general Franco, que no contento con su triunfo también quería hacer desaparecer a los sobrevivientes del bando contrario de la faz de la Tierra. Aquellos españoles, que llegaban a Francia como refugiados políticos, fueron tratados como prisioneros y encerrados en varios campos de concentración que se habían dispuesto cerca de la frontera, y que hoy constituyen una de las páginas más negras, y también más ignoradas, de la historia de Francia.
Aquellos cientos de miles de españoles se encontraron, de pronto, prisioneros en un país que no los quería, ni sabía qué hacer con ellos y, sobre todo, sin país al cual regresar.
Las democracias del mundo hicieron la vista gorda ante el triunfal golpe de Estado de Franco, decidieron no intervenir, no meterse en ese asunto que consideraban estrictamente doméstico. Todos los países le dieron la espalda al Gobierno legítimo de España, excepto México, que, en uno de los episodios más conmovedores que recuerda la diplomacia, defendió a la República y al Gobierno de Azaña, una y otra vez, con el único apoyo de la URSS, en Ginebra, ante la Sociedad de Naciones, que era entonces el germen de la ONU.
Unos años antes, en diciembre de 1936, el presidente de México, Lázaro Cárdenas, había otorgado asilo político a León Trotski que, como estaba a punto de pasar a los republicanos españoles, se había quedado sin país al cual regresar.
“No podemos aceptar que haya un hombre en el mundo que carezca de un lugar donde vivir”, dijo Cárdenas entonces, y a partir de esta idea comenzó a movilizarse la diplomacia mexicana en Francia, en perfecta coherencia con la defensa de la República que hacía en la Sociedad de Naciones, para ayudar y ofrecer refugio a cualquier español que quisiera irse a vivir a México.

Sería el momento de revisar la dura reglamentación contra los inmigrantes
El 11 de septiembre de 1940, ya en plena ocupación alemana, el embajador mexicano en Francia, en un esfuerzo que no daba tregua a los pocos funcionarios con que contaba su oficina, había logrado documentar a 100.000 españoles que querían irse a México, y que esperaban subirse a alguno de los barcos que con ese objetivo fletaba el Gobierno de Lázaro Cárdenas y que Luis I.Rodríguez, el embajador, tenía que salir a buscar por todos los puertos de Europa. No todos los que se acogieron al ofrecimiento de Cárdenas llegaron a subirse al barco, pero sí varios miles que poco a poco se fueron integrando a la sociedad mexicana y con los años fueron dejando un legado cultural que hasta hoy enriquece a aquel país. En 1939 se fue a México, y a otros países latinoamericanos, lo mejor de España; profesores, médicos, políticos, artistas, poetas y filósofos llegaron a trabajar y a enseñar lo que sabían.
Y es probable que hoy esté pasando lo mismo, que los jóvenes mejor preparados se estén yendo de aquí, a buscar oportunidades y, eventualmente, a enriquecer los países a los que lleguen.
Dentro de unos años, cuando en España mejoren las cosas, algunos regresarán, pero otros no, como demuestra la historia de los miles de emigrantes que se han ido y que, años después, se descubren con hijos y nietos en ese país donde pensaban permanecer solo un tiempo, en lo que mejoraban las cosas en el suyo.
Esperemos que entonces no vuelva a caer sobre nosotros la desmemoria, que cuando este sea otra vez un país rico no se olvide de sus emigrantes, de esa España que lleva quinientos años floreciendo en América Latina; que la memoria alcance para tratar con más delicadeza a los inmigrantes que vendrán aquí a buscar una oportunidad, y que sea suficiente para no volver a percibirlos con miedo.
De aquella historia de alta diplomacia que protagonizó México en la Sociedad de Naciones, en Ginebra, no se acuerda nadie, y se recuerda bastante poco la solidaridad que tuvo Lázaro Cárdenas con los exiliados españoles. Se recuerda tan poco, y tan mal, que hoy tenemos aquí situaciones como esta: si un mexicano quiere viajar a España, ya no digamos a instalarse sino como turista, tiene que cumplir con una lista desproporcionada de requisitos que incluye, por ejemplo, que el amigo o pariente que va a hospedarlo tenga que ir a la comisaría de su barrio a presentar los planos de su casa para que un policía vea si tiene espacio suficiente y dé su visto bueno. Y además se expone, como sucede con frecuencia, a que el oficial de turno no lo deje pasar y lo devuelva a México en el siguiente vuelo.
Quizá sería momento de revisar esa dura reglamentación, propia de países ricos que no quieren inmigrantes, porque las cosas han cambiado rápida y radicalmente, ahora la gente, más que venir, está mirando cómo se puede ir de aquí.
De toda esta gente que ya se ha ido, y que empieza a construirse una vida en esa nueva oleada de españoles que va llegando a México, habrá muchos que son hijos de esas personas que hace unos años, muy pocos, ni siquiera diez, identificaban al inmigrante como el peor problema de España y que hoy, con mucho asombro, y supongo que algo de vergüenza, se encuentran con que son padres de un inmigrante, que trata de ganarse la vida en otro país. Este es, precisamente, el precio de la desmemoria.
Jordi Soler es escritor.
Leer en El País 

dijous, 3 de gener del 2013

LIBRO RECOMENDADO: GOETHE Y SCHILLER. Historia de una amistad. Biografia


Cita: "Fue una dicha para mí tener a Schiller. Pues, por diferentes que fueran las respectivas naturalezas, nuestras direcciones iban hacia un punto común, que hizo tan íntima nuestra relación, a saber, que en el fondo ninguno podía vivir sin el otro" (Goethe).



(Crítica de Luis Fernando Moreno)
http://elpais.com/diario/2011/09/24/babelia/1316823169_850215.html
 Feliz encuentro de dos genios
Rüdiger Safranski 
 La amistad entre Goethe y Schiller fue tal vez una de las más proverbiales y fecundas de la historia de la literatura. A Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), el célebre autor de Las penas del joven Werther y genio reconocido de las letras alemanas desde su juventud, le costó trabar conocimiento con otro genio incipiente: Johann Christoph Friedrich Schiller (1759-1805), diez años menor que él, y asimismo famoso por su sorprendente tragedia primeriza Los bandidos. Tampoco a Schiller le agradaba la actitud prepotente del "olímpico Goethe", pues le parecía orgulloso y distante. Sin embargo, sucedió lo que parecía imposible: aquellos dos hombres se hicieron amigos. Dejaron atrás sus temores y, superando celos literarios y diferencias de carácter, decidieron cooperar en pro del arte y del mutuo enriquecimiento personal.

Schiller afirmó que "ante la excelencia no cabe más que el amor", y así actúo con Goethe, que enseguida se sintió agasajado y correspondió como debía. La amistad de ambos se cimentó sobre las firmes columnas de la paridad y la confianza recíproca. Si de ellos uno se hubiese creído superior y hubiera hecho gala de necia vanidad, sin atender a los consejos del otro por considerarlo inferior en inteligencia, nada habría crecido entre ambos salvo espinas. Orgullosos de sí mismos y de su arte, cada uno a su manera, idiosincrásicos y distintos, supieron ser colaboradores y complementarios. "Cada uno de nosotros podía proporcionar al otro algo que le faltaba y recibir algo a cambio", diría Goethe; y cuando murió Schiller: "He perdido a un amigo y con él, la mitad de mi existencia".
El famoso biógrafo y filósofo alemán Rüdiger Safranski (1945) dedica este su último libro a detallar la historia de lo que Goethe calificó de "feliz acontecimiento", aquella amistad que comenzó en 1794 y que sólo concluiría con la muerte de Schiller. La obra es tan intensa e informativa como todas las de Safranski. Desde su primera biografía de E.T.A. Hoffmann (sin traducir al castellano) hasta sus libros sobre el Romanticismo y los que dedica a Schopenhauer, Heidegger, Nietzsche y Schiller (todos en Tusquets), Safranski ha desarrollado un estilo propio que podrá encantar al lector o saturarlo en ocasiones, ya que se basa en la acumulación de testimonios que sostienen una narración que avanza entre meandros; multiplica las citas literales, y lo mismo se explaya sobre un problema filosófico universal que sobre una anécdota particular. La información es desbordante y los detalles a veces obvian aspectos de carácter más general, por ejemplo, ¿cómo eran realmente las respectivas personalidades de Goethe y Schiller? El lector debe extraer esta información tan relevante a partir de los testimonios y las anécdotas, ensamblar un gran puzle con pequeñas piezas doradas.
Críticas aparte, lo cierto es que Safranski nos traslada con maestría a los míticos escenarios de Jena y Weimar, cenáculos por antonomasia de los "clásicos alemanes" (Herder, Wieland, Goethe y Schiller), en una época áurea de las artes alemanas; Goethe oficia de sumo pontífice desde Weimar, Schiller vive en Jena pero termina trasladándose también a Weimar para estar más cerca del amigo. De la colaboración de ambos surgen obras magníficas: entre otras, Wallenstein y La doncella de Orleans de Schiller, o Wilhelm Meister y Hermann y Dorothea, de Goethe. Junto a los dos genios mayores aparecen otras tantas figuras tales como Fichte y Hölderlin, los hermanos Schlegel y los Humboldt, el duque Carlos Augusto o la señora Von Stein; sin olvidar a las esposas de los poetas protagonistas: la noble Karoline von Wolzogen, de Schiller, y la plebeya Christiane, amante de Goethe y más tarde su esposa, aunque siempre se mantuvo en la sombra. Son multitud de personajes, profusión de hechos e ideas que nacían y se desarrollaban en tiempos fértiles y salvajes para la literatura, la filosofía y la ciencia europeas. Y descollando sobre todo ello, las dos imponentes figuras de Goethe y Schiller: la naturaleza fogosa e incontinente, y la reflexión y el entusiasmo; ambos autores reviven de nuevo gracias a la innegable magia de Safranski.
OTROS LIBROS RECOMENDADOS:
"Amor a la carta" de Xavier Rius 
LA CIVILIZACIÓN DEL ESPECTÁCULO, DE VARGAS LLOSA
"X" DE PERCIVAL EVERETT
EL MAL ÁRABE, DE MONCEF MARZOUKI  

dilluns, 28 de maig del 2012

LIBRO RECOMENDADO: JORGE SEMPRÚN, "LA ESCRITURA O LA VIDA"

En este link encontraréis algunos de los libros que he disfrutado y que recomiendo encarecidamente. De cada libro os adjuntaré una frase que me parezca que tenga gancho y un artículo mío o de cualquier otro que hable de él y/o del autor. 



Frases:
" - (...) El verdadero problema no estriba en contar, cualesquiera que fueren las dificultades. Sino en escuchar... ¿Estarán dispuestos a escuchar nuestras historias, incluso si las contamos bien? (...) - Contar bien significa: de manera que sea escuchado. No lo conseguiremos sin algo de artificio. ¡El artificio suficiente para que se vuelva arte! (...) - El otro tipo de comprensión, la verdad esencial de la experiencia, no es transmisible ... O mejor dico, sólo lo es mediante la escritura literaria".




Entrevista:Jorge Semprun | ENTREVISTA 
"Sin memoria, yo no existiría"

Es un militante de la memoria. Sus recuerdos guardan la historia reciente de España y de todas las vidas que ha vivido. Este intelectual español y francés sigue escribiendo para no olvidar.

Este hombre es memoria. Pura memoria.
En La escritura o la vida, Jorge Semprún cuenta su experiencia como deportado 44.904 en el campo de concentración de Buchenwald, en la Alemania de Hitler. "Todo me había ocurrido, ya nada podía sucederme. Nada sino la vida, para devorarla con avidez".
Cuando se produjo la liberación, este joven, que sólo tenía 22 años y ya había sido resistente en Francia contra la Gestapo, bebió, bailó, corrió caminos hasta volver a París. Empezó a devorar la vida, y la devoró a veces con pasión y con placer, y a veces con melancolía, jamás con el sentimiento de la derrota.
Exiliado español, huérfano de madre muy pronto, hijo de un católico que había preferido la República, nieto de Antonio Maura, abrazó la diáspora mientras estaba en Biarritz, de vacaciones con su padre, y luego fue, en los años cincuenta, un comunista que desafió a Franco en España (durante un tiempo, en casa del poeta Ángel González) con el nombre de Federico Sánchez. Luego fue expulsado por Santiago Carrillo del Partido Comunista de España, junto a Fernando Claudín, y siguió abrazando la escritura y la vida; fue guionista de muchas películas célebres, algunas de las cuales las hizo con Alain Resnais, Costa-Gavras y casi siempre con Yves Montand; noveló su vida y otras vidas (El largo viaje, La segunda muerte de Ramón Mercader, Aquel domingo, Autobiografía de Federico Sánchez), y fue ministro de Cultura con Felipe González entre 1988 y 1991.
Felipe le llamó un día, le dijo que le divertía imaginar que los que le persiguieron largo tiempo, le guardaran ahora, y le confió un sitio en el Consejo de Ministros. La vivienda que le asignaron estaba al lado de la casa donde vivió su infancia, muy cerca de la casa de su abuelo. Un día le llevaron al domicilio de Antonio Maura, muchos años después, ya siendo ministro, y fue él quien guió, con una memoria que no ha conocido altibajos, los pasos de los que pretendían enseñarle el sitio de sus correrías de chico. "Aquí estaba la cama, aquí la mesilla, aquí tenía las pantuflas el abuelo".
Con esa minuciosidad de orfebre de la memoria sigue contando Semprún, a sus 84 años, sus andanzas y también sus conversaciones. Le hablamos de un contemporáneo: "Sí, la primera vez que le vi, él estaba vestido con una chaqueta verde, ¡verde para aquellos tiempos! Y estábamos en el café Varela, en Madrid; también estaba Pepe Hierro...". Sus memorias alcanzan una intensidad especial, emocionante, en ese libro que citamos al principio, La escritura o la vida (Tusquets, como casi toda su obra), donde acaso reempieza su biografía, donde renace Semprún con su propia identidad, despojado del pavor encerrado de la guerra que hizo Hitler.
Ahí hay un párrafo que acaso complementa esa decisión de "devorar" la vida, y que se produce enseguida que sale a la calle, liberado: "Mi cuerpo se relajó. Me acordé de que éramos libres. Una especie de violenta felicidad me invadió, un estremecimiento de toda el alma. Me acordé de que tenía proyectos para ese día que comenzaba".
Tenía proyectos para ese día, tuvo proyectos siempre. Ahora, cuando le vemos en París y él acaba de perder a su mujer, Colette, Jorge Semprún, que sufre ligeros achaques de salud, sigue teniendo proyectos: escribe más memorias, una novela en preparación y alterna unos ensayos políticos con ciertas reflexiones personales. Da un manotazo sobre la mesa, como descartando la posibilidad, cuando se le dice que a él, que ha sido premiado en París, en Francfort y en Jerusalén, alguna vez tendrían que premiarle en este país, en el que sirvió como soldado de frentes políticos y civiles; habla en voz baja de los que devinieron enemigos suyos (Carrillo: ésta es una voz de su diccionario tachado); come con apetito en un viejo bistrot del que tiene una memoria nítida, y eso que estuvo en él hace treinta años.
Le encontramos en su casa, a mediodía, un día de huelga casi general en París; vestía con uno de esos suéteres grises de cuello alto que son habituales en su indumentaria. Surgió desde el piso de abajo, y ocupó una mesa redonda, grande, en su dúplex, junto a la cocina. Acostumbrado ahora a ser la mitad restante de la casa, sigue conservando, a pesar de los años y de la biografía, a pesar de cierta melancolía que inevitablemente hace caer sus párpados hacia el suelo, la vitalidad, animado a seguir, "aunque la procesión vaya por dentro". Educado (primero en alemán, después en francés) para ser un europeo pudoroso y discreto acerca de lo que hay dentro de su corazón, ha escrito algunas de las páginas autobiográficas más abiertas de su generación civil y política. Como André Malraux "un referente que a veces parece incluso el modelo de su hoja de ruta, como militante y como escritor", ha estado toda su vida buscando "la región crucial del Alma donde el Mal absoluto se opone a la fraternidad".
Pero eso no lo ha hecho como un teórico, sino exactamente como un militante. ¿Militante hoy? "Sí, de la memoria". Aún sueña con algunos hechos de su vida, y el más recurrente le sitúa, junto a Claudín, venciendo en su lucha contra Carrillo, en el PCE. Luego se despierta, y sigue viviendo, devorando, como puede, la vida. En su casa, rodeado de cuadros (algunos de ellos, de su gran amigo Eduardo Arroyo) y libros, sobre todo de arte, Semprún se pregunta: "¿Y de qué quieres hablar? Si ya lo he dicho todo". De la infancia; queríamos hablar de la infancia, sobre todo, ochenta años después.
Volvamos a La escritura o la vida. Ahí hay una frase que usted le dice a un compañero de la Resistencia, cuando van a apresar a un alemán. Y el alemán se pone a cantar.
Sí, canta La paloma en alemán. Y yo me quedo paralizado.
Y su compañero se asusta. Sí, me pregunta: ¿qué te está pasando?, o algo así.
Y usted le dice: "Me está pasando 'La paloma'. Eso es todo. La infancia española que me golpea en pleno rostro" . Sí, eso ocurrió entre 1943 y 1944. Y estábamos en una emboscada